Te llevaré al desierto

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 4, 1-11


En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Pero él le contestó: «Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”». Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”». Jesús le dijo: «También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”». De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras». Entonces le dijo Jesús: «Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”». Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.


Comentario tomado del patrimonio TOV

Salmos para la vida - III En Espíritu y en verdad / Hacía el interior


Pero es en la travesía de la historia donde Dios es, sobre todo, para el hombre el verdadero compañero de ruta; según las circunstancias, hace las veces de esposo, amigo, padre... Se compadece, se irrita, se arrepiente según los casos. Deja caer al hombre en la trampa, para que aprenda, pero en seguida le tiende la mano para levantarlo.


Iniciada la gesta allá lejos, en Ur de Caldea, fueron caminando codo con codo Dios y Abraham, en dirección de una patria sólo vislumbrada como un sueño lejano.


Un día llegó a oídos del Señor el clamor de «su» Pueblo, que gemía bajo la fusta de los faraones; su corazón se conmovió, y decidió descender a las orillas del Nilo para organizar una estrategia de liberación y sacar a su pueblo de las garras de los opresores. Fue una proeza admirable: sembrando la tierra de portentos, hendiendo por la mitad el mar, haciendo brotar agua fresca de las rocas, alimentándolos en el corazón del desierto, los condujo hasta la orilla del Jordán, frontera de la patria prometida.


Los organizó para la travesía del río, y los acompañó haciendo que se detuvieran las «aguas que venían desde arriba», a la altura de Jericó. La instalación en la tierra de Canaán no fue una ocupación pacífica, sino una conquista sangrienta, cuajada de derrotas y desconciertos, así como de rivalidades entre las mismas tribus, teniendo que infundirles más de una vez coraje y aliento. A lo largo de varios siglos se fue consolidando el régimen monárquico y las instituciones políticas, bajo la atenta mirada del Señor.


Les envió caudillos, jueces, reyes, profetas. La relación del Pueblo con Dios, relación sellada con múltiples alianzas, se asemejaba a la vida de un matrimonio, mal avenido a veces, unido otras, con épocas de infidelidades y reconciliaciones.


La Biblia repite, con una monotonía conmovedora, que Dios mantuvo una absoluta fidelidad a su alianza a lo largo de todo este trayecto. Dios amó, fue leal, por- que asistió al Pueblo en los días claros como en los días oscuros. Y, por medio de esta actuación, y esta solicitud, el Pueblo comprobó que su Dios existía y se preocupaba de él.


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