En el banquete de bodas



Eso es justamente el Reino: un banquete de bodas, el estallido de una fiesta, la flauta dulce convocando a los aldeanos a la plaza mayor.


Se celebra una fiesta de bodas en Cana de Galilea. Natanael era vecino de este villorrio; y es verosímil que se casara alguno de sus parientes, y que el mismo Natanael hubiera invitado a Jesús y a sus discípulos.


Pero hay otra hipótesis más verosímil: que se tratara de alguna familia muy próxima a María, tanto por razones de parentesco como de amistad. Juan nos transmita este detalle preciso: "La Madre de Jesús estaba allí", expresión que está indicando que, antes de que llegara el Maestro, ya estaba allí su Madre, seguramente ayudando en los preparativos de la fiesta. En todo caso, teniendo en cuenta el interés que ella mostró para que la fiesta acabara satisfactoriamente, podemos deducir que la relación de María con los familiares de alguno de los contrayentes debió ser muy estrecha. ¿O tal vez estaba allí, como allegada, en casa de algún pariente, una vez que hubo quedado sola, alejándose del acoso pertinaz de los familiares, que no la dejaban en paz con sus chismes y preguntas insidiosas sobre el Hijo ausente? Esta hipótesis resulta razonable si tenemos en cuenta que, después de este episodio, el Hijo baja a Cafarnaún con su Madre, y que hay indicios en los textos evangélicos de que, en el grupo de mujeres que acompañaba a Jesús, estuviera la Madre como una discípula más. Sea como fuere, en su primera soledad total, durante la ausencia del Hijo, la Madre debió dar vueltas en su corazón a las circunstancias misteriosas que rodearon a la concepción y nacimiento de este su Hijo, a tantos vislumbres, intuiciones y presentimientos vividos y almacenados en su corazón.


La Madre y el Hijo se reencontraron después de la larga ausencia. Lo que Jesús describe en la parábola del Hijo pródigo bien pudo haber ocurrido en aquel reencuentro: que la Madre "corrió, se echó a su cuello y lo besó efusivamente". Una vez más, como Madre que era, María debió asomarse, con respeto, pero también con una ansiosa curiosidad, a los ojos de Jesús, y a través de ellos, a sus regiones interiores; pero, una vez más, no encontró allí otra cosa que mundos desconocidos, y ahora más desconocidos que nunca. Tampoco debieron faltar en esta oportunidad comentarios, suposiciones, interpretaciones malévolas por parte de sus parientes, que, con motivo de su larga ausencia, no dejarían de disparar dardos envenenados contra el Pobre.


P. Ignacio Larrañaga - El Pobre de Nazaret


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