En la Sierra de Gredos - La Rosa y el Fuego



En los años 1969-1970 estuve ausente del instituto. Durante estos dos años organicé y puse en ejecución numerosas y sucesivas Semanas de Renovación por toda la amplitud de la geografía española para los hermanos y hermanas de la Familia Franciscana. 

En vista de que no podía llevar a cabo ordenadamente mi sistema de desiertos y tiempos fuertes a causa de los compromisos, decidí reservar y poner en marcha un desierto prolongado realizado tierra adentro y con características atípicas. 

En el rincón más remoto de mi interioridad me habían nacido sueños e ideales, y sobre todo, una insaciable nostalgia de estar con Dios. Mi ideal era llegar a ser una lámpara que nunca fuera conquistada por la obscuridad ni extinguida por el viento. Quería beber la copa de un vino que embriagara de otra manera. Anhelaba encender velas y quemar incienso en su presencia,tejer una guirnalda de amapolas para su corona, y entonar una canción sin palabras que fuese apacible a sus oídos. 

Tantas cosas... Soñaba, en fin, vivir durante largas semanas un delicioso festival de presencia embriagada. Pero, ¿dónde?, ¿cómo? Para moverme de un lado a otro yo disponía por entonces de un humilde vehículo que en España se llamaba "Dos Caballos", porque su motor, supongo, tenía dos caballos de potencia. Era una camioneta cerrada que permitía colocar un colchón en su interior, y así podía dormir con cierta comodidad. 

¿Dónde realizar ese soñado y largo desierto? Tenía que ser en una tierra de santos. Opté por Ávila. Llegué allí llevando conmigo las obras completas de san Juan de la Cruz, santa Teresa y san Pedro de Alcántara. Un día entero me dediqué a explorar y buscar un lugar adecuado. Primeramente, tomé la carretera de Salamanca; después la de Segovia: a una cierta altura me desviaba por caminos secundarios y sendas vecinales tratando siempre de vislumbrar un panorama ideal. Por fin, me decidí por la carretera que conducía al Escorial. 

Luego de recorrer bastantes kilómetros me desvié por una carretera secundaria. A cierta altura tomé un camino vecinal no pavimentado, que pronto se transformaba en una vereda de rebaños. Abandoné esa senda y me desvié hacia la izquierda; era una zona austera y bravía de la sierra de Gredos; una soledad de piedra, montañas azuladas en la lejanía y en el firmamento un azul absolutamente deslumbrante. 

Era el mes de septiembre. Aquí había de vivir 35 días, con cortas ausencias para adquirir alimentos. Sólo abandonaría aquella soledad para realizar tres peregrinaciones a los sepulcros de san Juan de la Cruz, en Segovia, de santa Teresa, en Alba de Tormes, y de san Pedro de Alcántara, en Arenas de san Pedro, así como también otra peregrinación a Duruelo, Alquería donde san Juan de la Cruz inició su primera reforma carmelitana. 

Ignacio Larrañaga - La Rosa y el Fuego

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