Esencialmente relación - Sube conmigo
- TOV-Costa Rica
- 9 nov 2018
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Desde las profundidades de su conciencia de finitud e indigencia, surge en el hombre, explosiva e inevitable, la necesidad y el deseo de relación. Si, en hipótesis, imaginĆ”ramos un hombre, literalmente solo en una selva infinita, su existencia serĆa un cĆrculo infernal que lo llevarĆa a la locura, o el tal sujeto regresarĆa a las etapas prehumanas de la escala vital.
Al perder aquel vĆnculo instintivo que lo ligaba vital- mente a las entraƱas de la creación, emergió en el hombre Ća conciencia de sĆ mismo. Entonces se encontró solo, indigente, desterrado del paraĆso, destinado a la muerte, consciente de sus limitaciones. ĀæCómo salvarse de esa cĆ”rcel? Con una salida. La necesidad de relación deriva de la esencia y conciencia <le ser hombre.
Al tomar conciencia de sĆ mismo, nace, en la persona, dos vertientes de vida: ser el mismo y ser para el otro. La Ćŗnica salvación, repetimos, Ā«s la salida (relación) hacia los demĆ”s. Hablamos de "salida" porque cuando la persona se auto posee. toma conciencia de sĆ misma, se siente como encerrada en un cĆrculo. HabrĆa otras "salidas" para liberarse de ese temible cĆrculo: la locura, la embriaguez āque es una locura momentĆ”neaā y el suicidio. Pero estas "salidas" no salvan sino destruyen. Son alienación.
Si ser soledad (interioridad, mismidad) es constitutivo de la persona, tambiĆ©n lo es, y en la misma medida, ser relación. Es, pues āel hombreā un ser constitutivamente abierto, esencialmente referido a otras personas: establece con los demĆ”s una interacción, se entrelaza con ellas, y se forma un nosotros: la comunidad.
Los demĆ”s tienen, tambiĆ©n, su "yo" diferenciado, inefable e incomunicable. Los demĆ”s son, tambiĆ©n, misterio. Yo tengo que ver, en ellos, su "yo"; ellos tienen que ver, en mĆ, mi "yo". Los demĆ”s no son, pues, el "otro", sino un "tĆŗ". Yo no debo ser "cosa" para ellos, ni ellos tienen que ser "objeto" para mĆ.
Del hecho de que los demĆ”s sean un "tĆŗ" āde consiguiente, un misterio sagradoā emergen las graves obligaciones fraternas, sobre todo ese decisivo juego apertura-acogida, y tambiĆ©n aquellos dos verbos que san Fran- cisco utiliza, cuando habla de relaciones fraternas: respetarse y reverenciarse. Ā” QuĆ© formidable programa de vida fraterna: reverenciar el misterio del hermano!
Dicen que la persona hace la comunidad, y que la comunidad hace la persona. Por eso mismo, yo no encuentro contraposición entre persona y comunidad. Cuanto mĆ”s persona se es, en la doble dinĆ”mica de su natura- leza, la comunidad irĆ” enriqueciĆ©ndose. Y en la medida en que la comunidad crece, se enriquece la persona, como tal. Ambas realidades āpersona y comunidadā no se oponen, pues, sino que se condicionan y se complementan.
Ignacio LarraƱaga - Sube ConmigoĀ
