II Estación: Jesús traicionado por Judas



Del Evangelio según San Lucas 22,47-48.52-54a

Todavía estaba hablando, cuando llegó un tropel de gente, y el llamado Judas, uno de los doce, los precedía y se acercó a Jesús para besarle. Jesús le dijo: Judas, ¿con un beso entregas al hijo del Hombre? (...) Dijo después Jesús a los que habían venido contra él, sumos sacerdotes, oficiales del Templo y ancianos: ¿Como contra un ladrón habéis salido con espadas y garrotes? Mientras estaba con vosotros todos los días en el Templo, no alzasteis las manos contra mi. Pero ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas. Entonces le prendieron, se lo llevaron, y lo metieron en casa del Sumo Sacerdote.



Reflexión

Porque mi Padre así lo ha determinado y porque está consignado en las Escrituras que el mundo se salvaría no enfrentándoos militarmente y derrotándoos a vosotros, sino poniéndome en vuestras manos como un indefenso cordero.

Las manos enemigas[1].


Al sentir, pues, la cercanía de los piquetes de asalto, Jesús, dejando a un lado a sus somnolientos predilectos, se dirigió hacia la entrada del huerto, donde se habían quedado los demás discípulos, que, naturalmente, también estaban dormidos.

¡Qué transformación se había operado en el semblante de Jesús! Aquel que hacía apenas una hora yacía en el suelo como una caña rota, aparecía ahora enhiesto y firme como un álamo, invencible como un huracán desatado. ¡Milagros del abandono!

Alternando entre el humor y la ironía, les dijo:

—Terminó la vigilia; ahora ya no queda nada por hacer; podéis dormir y descansar, si lo deseáis; llegó la hora, la hora de entregarse. De nada sirve enfrentarse con los vientos que soplan desde los cuatro ángulos de la tierra. La noche ya va avanzando hacia la alborada roja. Suena la voz de un viejo laúd, la voz de quien me habrá de entregar se aproxima.

Salió, pues, él solo al encuentro de la tropa, compuesta por alguaciles del templo y soldados romanos, todos armados hasta los dientes, y los enfrentó con la serenidad de un atardecer:

— ¿A quién buscáis?

—A Jesús, el nazareno.

—Yo soy.

"Cuando les dijo: yo soy, retrocediendo, cayeron en el suelo" (Jn 18,6). No quiere decir que literalmente todos cayeran por tierra, sino algo distinto: la seguridad y presencia de ánimo que reflejaba el rostro de Jesús debieron ser tales que quienes lo buscaban no se atrevieron a dar un paso adelante. ¿Qué tenía este hombre? El pavor de la agonía se había trocado en esa misteriosa majestad que no lo abandonaría hasta el final y que ahora había paralizado por completo a todo un piquete armado. ¿Qué tenía este hombre?

El Pobre tomó la iniciativa y de nuevo les preguntó:

—¿A quién buscáis?

—A Jesús, el nazareno.

—Ya os he dicho que soy yo. Y hay algo que me llama la atención —agregó Jesús—: a la luz de la luna puedo ver cómo brillan vuestros puñales y vuestras espadas, y vuestras armas y vuestros garrotes en alto a la luz de las antorchas. ¡Todo esto es muy divertido! Diariamente estaba en medio de vosotros, enseñándoos en el templo, y nadie se atrevió ni tan siquiera a rozarme con la punta de un dedo. ¡Y ahora sí os atrevéis! ¿Sabéis por qué suceden estas contradicciones? Porque mi Padre así lo ha determinado y porque está consignado en las Escrituras que el mundo se salvaría no enfrentándoos militarmente y derrotándoos a vosotros, sino poniéndome en vuestras manos como un indefenso cordero. Así es que si me estáis buscando, aquí me tenéis, aquí no hay resistencia, haced de mí lo que queráis. Pero, por favor, prestadme atención: a estos mis amigos no los toquéis (Jn 18,3; Lc 22,52).


Correspondencia patrimonio TOV

[1] El Pobre de Nazaret. 8. Consumación

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