Viajero por la noche



Otra de las figuras que han dejado huellas indelebles en mi historia, sobre todo en cierta época, fue Charles de Foucauld, hombre de desierto y habitante de las regiones anónimas. Después de su conversión, el hermano Carlos fue obsesivamente arrebatado por el embrujo de Nazaret y, claro está, por el gran desconocido de dicha aldea: Jesús. Y, para poder vivir desaparecido a la manera del Hijo de María, allá se fue presurosamente para ejercer el oficio de demandadero para las clarisas de Nazaret; y allí permaneció largos años cumpliendo los encargos y haciendo las compras para el monasterio contemplativo.

Estampó en la cabecera de la puerta de su retirado y humildísimo cuarto el ideal de su vida: "Jesús, María y José, aprenderé de vosotros a callarme, a pasar oculto por la tierra, como un viajero por la noche".

Acabado el período convenido en el servicio de demandadero, anduvo en los años siguientes de desierto en desierto, en una existencia improductiva e inútil —tan inútil como la de su Maestro en Nazaret—; una vida, en fin, aparentemente sin sentido. Y murió como le correspondía: absurdamente.

Mientras una pandilla de mozalbetes asaltaba y saqueaba el eremitorio donde vivía el hermano Carlos en el desierto de Béni-Abbés (Argelia), los asaltantes encargaron a uno de sus jóvenes camaradas que custodiara, fusil en mano, al hermano Carlos en las afueras del recinto, mientras ellos se dedicaban al pillaje. En esto, a uno de los ladrones se le ocurrió gritar, queriendo hacer una gracia: "¡La policía!". Y, en una estampida desatada, todos se dieron a la fuga. El adolescente que custodiaba al hermano Carlos, atolondrado y sin darse cuenta de lo que hacía, descerrajó el fusil sobre el pecho del hermano, quien murió instantáneamente.

¿Cabe mayor absurdo? ¿Dónde está la aureola del martirio, la proyección trascendente de un final heroico? Nada. Uno queda sin saber qué decir ni hacia dónde mirar. ¿Cómo entender esto? No hay manera. Es como si nos hubiéramos topado con la razón de la sinrazón, con la utilidad de la inutilidad, con el sentido de lo absurdo.

El hermanito murió como había vivido: sin espectáculo ni gloria. Este final del hermano Carlos se parece tanto a la catástrofe del Calvario, pero es peor todavía. Por lo menos en la cumbre del Gólgota había tragedia, pero aquí sólo el absurdo.

Un significado invisible, pero palpitante, puede conferir a una tragedia una dimensión de grandeza y trascendencia por encima del tiempo y los horizontes. Pero aquí, en las entrañas de esta vulgar caída del profeta, tan sólo yace la nada como una estrella muerta. Estamos ante un misterio enorme. Cerremos la boca, y huyamos también nosotros, buscando refugio en el templo de la fe pura.

La rosa y el fuego

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