Mi Padre es mi madre.



Hubo un breve momento de silencio. El Hijo levantó los ojos y, mirándole al rostro a su Madre, dijo:

—Madre mía, ¿por qué me buscaban? Mi Padre es mi madre. Un meteoro puede salirse de su órbita y perderse en los espacios siderales, pero yo vivo acurrucado en el hueco de su Mano, y no puedo perderme. Falla un eslabón y falla toda la cadena de las generaciones, pero una corriente inmortal nos une al Padre y a mí, y así, somos una cadena sin eslabones. Nunca me pierdo, Madre: en la arena del desierto, en el seno del mar, en los cerros soleados, siempre estoy solo, pero nunca solitario; perdido, sí, pero a la vez encontrado. Una potente borrasca ha pasado por mí, Madre, y me ha arrancado del surco, y no puedo hacer lo que quiero. Desdichada la Madre a quien le ha tocado en suerte tan extraño Hijo. Prepárate, porque tú también tendrás que pasar por las manos de una tempestad, pero, después, tus pacientes manos y tu ansiosa mirada cobijarán la orfandad del mundo. Discúlpame, Madre; también yo hago lo que no quiero, sino lo que mi Padre quiere. Y ahora, vámonos a Nazaret; allí nos espera una larga noche.

El pobre de Nazaret.

I. Una larga noche.

El drama de un adolescente.

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